julio 13, 2010

GERMÁN PINZÓN Y LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD


Este lunes se cumple un mes de la muerte del escritor colombiano

GERMÁN PINZÓN Y LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

- El periodista y escritor falleció sin poder concluir su última obra literaria,‘Otelo y Cañengo’. Colprensa revela fragmentos de su novela inédita.

- “Cuando ocurría un hecho excepcional: accidentes, genocidios, crímenesmisteriosos, milagros de la Virgen, insurrecciones, terremotos, desgraciascolectivas, las crónicas de Pinzón tenían la calidad de lo fantástico”: GonzaloArango

- “Germán tenía una manera de escribir imposible de imitar. Si algo se destacade él es su originalidad, su particularidad de estilo, terminar esa novela nadielo podrá hacer”: Leopoldo Pinzón


Por Camilo Argüello Benítez

Bogotá, 09-jul.-2010 (Colprensa).- El silencio en los lugares donde vivió sus últimos días Germán Pinzón es tan grande que parece que Dios hubiera muerto. O que estuviera terminando de construir el mundo de ‘Otelo y Cañengo’, la novela que dejó inconclusa el pasado 12 de junio, cuando un paro cardiorrespiratorio lo atacó en su casa de Bogotá.

Su última novela quedó ahí, en un computador, como si la hubieran dejado incompleta a propósito para que muriera sin que llegara a existir siquiera. Resulta difícil creer que ese hombre de 76 años, visiblemente joven, tal vez gracias a la mezcla de arte y ser, no pudiera concluir lo que consideró su último esfuerzo literario.


Lo cierto es que desde que abandonó el periodismo, Pinzón había pasado la mayor parte del tiempo atendiendo sus dolencias físicas, últimamente una hernia al final de su espina dorsal, y escribiendo ‘Otelo y Cañengo’, sacando lo que saliera, luchando contra sus prejuicios “y alguna tendencia a exagerar ciertos rasgos y hacer discursos”.

“Él era una persona muy introvertida. Era muy generoso, pero se preocupaba poco por él mismo, eso fue algo malo para su salud, no se cuidó como debió”, dice Sonia Cárdenas, viuda de Pinzón, que no pierde su sonrisa simétrica como los dientes de un peine.

Germán Pinzón jamás dejó de hablar de periodismo y siempre entregaba consejos sobre cómo es la cocción de una crónica: “En la crónica ponerse de autoridad moral o literaria, a soltar cátedra, es un peligro con el cual hay que estar combatiendo, aunque uno sienta el deber de dejar en claro que es una realidad, no una novela y que existen compromisos con la realidad”.

Leer a Pinzón es conocer “que no hay necesidad de hacer novela, basta con la vida real”, como lo dijo Germán Castro Caycedo, para quien el escritor “era mejor cronista que García Márquez”. Olía, tocaba y saboreaba hasta el más mínimo detalle en sus textos periodísticos. Era un cazador de sensaciones que hacía crónicas como verdaderas pinturas, como “pequeñas giocondas”.

Pinzón, el hombre que en los sesenta recibió el Premio Nadaísta de Novela de Vanguardia, por “El Terremoto”; que ganó un reconocimiento por su guión“Pisingaña” en el III Festival de Cine de Bogotá en 1986; quien en 1998 publicó “Esta vida y la otra” rompiendo con treinta años de silencio literario, y aquien Espasa le publicó su compilación periodística “Reportero hasta morir”, en 1999, dejó en alto el arte de contar historias; esas que fueron leídas en la revista O’ Cruzeiro en su edición internacional en castellano y en la revista Cromos, donde se desempeñó como Jefe de Redacción. Luego, su voz conquistó la Radiodifusora Nacional de Colombia, la cual estuvo bajo su dirección de 1967 a 1969.

Su actitud de viveza y cordialidad, que lo enganchaba a uno de inmediato, encajaba muy bien en la impresión amable a primera vista que demostraba también buena actitud ante cualquier nuevo conocido, ante quien se mostraba amistoso y lleno de curiosidad. Daba la impresión de que podría ser engañado por cualquier cosa, más siempre valía no hacer el intento.

Para el periodista y escritor Juan José Hoyos, el estilo en los reportajes y crónicas de Pinzón “eran singulares. Mientras casi todos los compañeros de su generación se dedicaban al cubrimiento de las fuentes de rutina en la capital, él viajaba hasta poblaciones remotas del Tolima, los Llanos Orientales o la Amazonía para escribir sobre hombres perdidos en la selva, sobrevivientes de aviones o prisioneros de colonias penales”.

Para Hoyos, leer “sus crónicas y reportajes permite al lector viajar a los pueblos del Tolima convertidos por la violencia en campos de miedo; asistir a la fuga de la cárcel y a la muerte a balazos de Víctor Hugo Barragán; ‘volar’ a 230 kilómetros por hora en una carretera de autos; presenciar la confesión bañada en llanto de un asesino o comer ajiaco con los guerrilleros liberales que comandaba Juan de la Cruz Varela en el Páramo de Sumapaz”.

Gonzalo Arango entrevistó a Pinzón para la revista Cromos y lo describió como“un flaco, tímido, sencillo, morenito” y admitió que llegó a ser “un devoto apasionado de sus crónicas y reportajes en El Espectador. Era entonces un periodista cálido, imaginativo, vibrante, un novelador de lo cotidiano; cuando ocurría un hecho excepcional, accidentes, genocidios, crímenes misteriosos, milagros de la Virgen, insurrecciones, terremotos, desgracias colectivas, las crónicas de Pinzón tenían la calidad de lo fantástico”.

“TERMINAR ESA NOVELA NADIE LO PODRÁ HACER”

Poco antes de cumplirse un mes de su muerte, el escritor y cineasta Leopoldo Pinzón, su hermano, regustó el estilo de Germán para convencerse que “terminar esa novela es algo que nadie podrá hacer”.

“Faltando un mes para su muerte me envió su ultima copia y ya lo que alcanzó a escribir después, que fue muy poco, lo sacamos de su computador. Cualquier cosa que digamos sobre el futuro de esa novela es inexacta. Creo que valdría la pena que fuera publicada hasta el punto donde llegó, porque fue una novela de su infancia”, dice Leopoldo.

La novela, que podría ser sus memorias, narra las aventuras de‘Cañengo’ y su inseparable perro ‘Otelo’. “ ‘Cañengo’ era Germán, así lo llamó mi madre desde niño, porque era muy flaco. Otelo era su perro amado, que llegó a nosotros cuando vivíamos en Zipaquirá (Cundinamarca)”.

En la historia real, la narrada por Leopoldo desde los vestigios de su memoria 70 años después, inicia en la población de Guasca (en el mismo departamento), donde el padre de los Pinzón ejercía la medicina. Pero la crisis de la violencia los obligó a vivir en Bogotá y a ‘expulsar’ a‘Otelo’ ante la falta de ingresos económicos y la muerte del padre. ”Ahí debería terminar la novela, pero sé que Germán la dejó escrita hasta la llegada a Bogotá. Están todas las peripecias de esa especie de Edad Media que era Guasca”.

Leopoldo, quien también trabajó con su hermano en periodismo, recuerda que minutos después de la última operación de su hermano, “dijo que tenia nuevos ánimos para terminar la novela, que le faltaban 80 páginas y que ya había escrito y reescrito 225”.

Revela que en la novela hay un capitulo que escribió seis veces, el de la Finca Portobelo, donde vivían los nueve hermanos Pinzón. Olga, la cómplice de Germán en su niñez, trajo un cóndor herido en medio del bosque. Ambos lo cuidaron hasta recuperarlo; tanto los quiso el animal, que le permitió a Germán montarlo en su hombro; en la fantasía de la novela inconclusa, ambos pasean el país, reflexionando en un viaje maravilloso.

“Él tenia en la literatura y el periodismo una visión que incluía lo ideológico y lo estético, era una búsqueda de expresión; de ahí que su proceso de creación era difícil, pues tenía que corregir su propia facilidad”.

Pinzón siempre buscó un camino en la literatura que se saliera de lo facilista, era el buscador de caminos expresivos más allá de la literatura trillada y convencional. “Contrario a lo que le sucede a varios escritores que pelean contra la dificultad de escribir, Germán tenía que combatir la facilidad de hacerlo. Buscaba cosas que fueran más profundas”.

Y esto hace que Leopoldo se aleje aún más de la posibilidad de escribir el final de ‘Otelo y Cañengo’, a pesar de que fue tema de horas con su hermano: “Germán tenía una manera de escribir imposible de imitar. Si algo se destaca de él es su originalidad, su particularidad de estilo, terminar esa novela nadie lo podrá hacer”.

No hay borradores, sólo 225 páginas. “Si algo llega a ocurrir será una decisión de la familia. Una posibilidad sería contar un poco en qué consistía el resto de la novela. Yo viví ese periodo aunque era un niño, por lo tanto los recuerdos son confusos. Pero haga lo que haga, siempre será en su memoria”.


‘OTELO Y CAÑENGO’

Con autorización de la familia, se publica un fragmento de la novela y las dos primeras frases del primer capítulo.

"Sentados adelante, los papás. Vestidos como para ir a la plaza de Unza en domingo, aunque sobre sus testas y el techo de Portobelo, aquí blanco y gris, sólo el espinazo de la Sierra contiene el desplome negro del cielo. Don Alejo desnivela el grupo con su mole recargada en las rodillas sobre uñas de chulo. Saliendo de la barba blanca bárbara, su cara a rayas es una jaula donde no sé qué bichos trotan, se echan, asechan. Al lado doña Margarita, su mujer, un puñado de ceniza. Sigue mamá, su máscara de hierro contra un mundo que intenta igualarla con estos indios levantados. Al centro, alto, seco, mi papá. Tieso ante el vacío en cuyo borde deja a su primera hija. Tania, atrás, de pie con Chepe, ¿qué podría decir de sí misma? ¿Soy hoja en el soplo del Señor? El sol aplomo cava en las frentes el cubil de miradas. Gula. Resignación. Orgullo. Asco.En fin, cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces. Y a todos los petrifica la conciencia del instante inmortal. Contra el paredón del día chasquea la cámara, y frente al polígono de estatuas de papel el futuro reanuda su distraído juego de tiro al blanco".

FRASES

"Quiero llorar porque Otelo no estará conmigo cuando yo sea grande ni podrá seguirme en mi eternidad. Porque la eternidad no se acaba. Y un Otelo dura un soplo".

"...pero yo sí volé a conocerlo con mis ojos pájaros. Dejé abajo vacas de juguete y ríos de papel plateado y llanuras de caballos rápidos como el viento, y también le gané al viento".

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